Nació Evo Morales en una de las regiones más áridas del planeta (la Siberia de América) a cerca de cinco mil metros de altura sobre el nivel del mar, donde estaba encargado de cuidar llamas. De adolescente, con su padre viajó a Salta, Argentina, para estudiar primaria y asimilar costumbres de esa nación.
Retornó a su ayllu y pasó al Chapare de Cochabamba, donde la reforma agraria de 1953, le dotó con una parcela de 40 hectáreas, donde se dedicó a cultivar coca y formar parte de una banda musical. Entonces, se hizo dirigente de un gremio (no sindicato) de productores de coca, cargo que lo catapultó a actividades políticas, a encabezar marchas de cocaleros, hasta ser inducido a convertirse en político, y con un partido alquilado, candidatear para ser presidente de Bolivia, cargo al que llegó con alta votación. Pero empezó a gobernar mediante ideas abstractas, típicas del rebelde sin causa, aunque adoptó el lema “kausachun coca”, con el cual todo el país debía estar concentrado.
Tenía, por tanto, una visión metafísica, pero adobada por ideólogos venidos a menos, que le cambiaron de mentalidad y creyó que sería el primer indígena investido como presidente de Bolivia, que debía tener una orientación comunista de la etapa populista, o sea retroceder a las comunidades indígenas de cinco mil años atrás e ingresar al socialismo sin pasar por la etapa capitalista, en la que ya estaba encarrilado el país.
Pero Bolivia había caído en manos de un programa socialista que siempre fracasó en la práctica y, por tanto, fue rechazado por la teoría, según la cual los hombres de una clase oprimida no pueden tener posibilidades para hacer un cambio y mucho menos una revolución y si alguna vez tenían oportunidad individual –algo muy difícil–, se ponen en contra de su propia clase o sea que la traicionan.
No solo eso, carecen de nociones de política, sobre el devenir de la sociedad, vale decir que no comprenden la variabilidad de la sustancia de las cosas y los fenómenos, su transformación en algo distinto. Así, nuestro personaje, Morales, andaba a ciegas y de ahí su filosofía de “meterle nomás” en sus labores de gobierno, pues pensaba que sus abogados estaban para arreglar problemas legales.
Llegó, entonces, a asumir la dirección del país, influido por tendencias instintivas y asesorado por iluminados pontífices populistas. Condujo al país a su capricho y, naturalmente, desvió el curso de la historia y la hizo retroceder, pues de los avances anticoloniales lo trasladó al coloniaje de amos neocolonialistas y, por otro lado, de la democracia hacia un neo feudalismo. Impuso ese orden que marchaba contra el avance de las manecillas del reloj de la historia, gracias a una bonanza de origen en el ámbito internacional, pero de carácter artificial, el mismo que se derrumbó, arrastrando tras de sí a países dependientes. Entonces, el gobierno del sátrapa se cayó en pocos días, como un castillo de arena y el caudillo fugó lo más lejos posible, llegando a México, de donde volvió al país desorientado, asumiendo medidas sin pies ni cabeza. Así se desorganizó el régimen caído y su caudillo entró en veloz decadencia y eliminación por mano propia.
Desde entonces, el país trató de rectificar su curso histórico, pero la satrapía quiso impedirlo y Morales volvió a querer retroceder al pasado, como la mujer de Lot (que, por mirar al pasado, quedó convertida en estatua de sal), lo que le hizo cometer a diario toda clase de errores y así cavar su propia tumba, hasta quedar prisionero de sí mismo. Es más, al renunciar al partido de su propia creación y desconocer la obra de sus propias manos, lo dejó sin cabeza ni cuerpo. ¡Hoy ya es don nadie!
- LUIS ANTEZANA ERGUETA
- ESCRITOR E HISTORIADOR
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