Al intentar subir al llamado minibús golpeó la cabeza; entre el dolor y la bronca intentó sentarse, pero el vehículo ya había arrancado, de manera que se fue con su humanidad contra una señora quien le lanzó un par de guarangadas denunciando un posible manoseo. Finalmente, el chofer le ordenó ir hasta el fondo porque había espacio en aquel vehículo donde viajaban 15 pasajeros.
El tema no pasa por definir si el costo del pasaje debe ser dos bolivianos o dos con cincuenta. Hay otros problemas previos como un estudio técnico serio para ver hasta dónde llevamos esta carga llamada transporte público.
De acuerdo con los datos de la Alcaldía, no siempre actualizados, en La Paz tenemos un parque automotor de 493 líneas de minibuses, de ellos 98 son carry (vehículos más pequeños con capacidad para nueve personas, incómodamente acomodados), 76 líneas de los llamados trufis que pueden llevar cuatro personas y que en Bolivia se adaptan para cinco y hasta siete personas. Completan este parque 40 líneas de micros de la década del 70, y 14 líneas de buses, que rinden sus últimos años de vida útil.
Esta herencia la recibió el alcalde Arias y al parecer la incrementó porque no se decide a aplicar una política municipal del transporte que vaya dirigido a modernizar este servicio para una mejor atención de los paceños.
En 2014, Ch’ijini pidió al Sindicato Pedro Domingo Murillo que permita que afiliados a otra organización presten el servicio a esa zona, pero sus “grupos de choque” impidieron que San Cristóbal amplíe su cobertura. Alegaron que “estaban cuidando sus áreas de trabajo y tenían hombres de choque”.
Un estudio, más o menos serio fue realizado en 2014 con el objetivo de determinar los patrones y características de la movilidad intraurbana en el municipio paceño, y los efectos de las políticas a nivel de la región metropolitana de La Paz, tomando en cuenta que la mitad del transporte público de El Alto opera también en La Paz, por ejemplo, los minibuses que salen de la Plaza Andrew en Sopocachi y concluyen su ruta en Villa Ballivián en El Alto.
De acuerdo con los datos del Instituto Nacional de Estadística, de 2022, en el departamento de La Paz sólo quedan en circulación 708 microbuses; en comparación con los 5.446 minibuses, 3.180 automóviles y 2.135 vagonetas que también prestan el servicio de transporte público.
Un enjambre de cifras que puede sintetizarse en este ejemplo: Esperando un servicio de comida rápida mi esposa se puso a contar el paso de vehículos por la avenida Arce y me entregó estas cifras: De 100 vehículos que vio 69 eran minibuses, 20 privados y el resto otro tipo de transporte de servicio público.
Los micros tienen más de 40 años, pero han demostrado que son buenos porque al final se han cambiado motores, trenes delanteros y tracción trasera con cajas más reforzadas. Todo ese cambio es para que se siga funcionando y circulando en las calles de La Paz. Lo único antiguo es la carrocería. Un dirigente de apellido Velásquez, señaló que, al existir la prohibición de la importación de vehículos con más de tres años de antigüedad para este sector, se tuvo que cambiar las piezas antiguas por otras similares, pero de más actualidad.
Volvamos a los minibuses y veamos sus lindezas. Son vehículos en mal estado, incómodos, arrancan cuando el chofer lo determina, prima el mal olor, porque como decía un periodista de La Razón: el aseo no es la mejor virtud del paceño. Sigamos con el relato. Las rodillas chocan con el asiento que está por delante, los que miden más de 1,70 tienen que cuidar los golpes con el techo; paran en el momento que decide el pasajero porque el verbo más utilizado es “aprovechare”, la mayoría de las señoras gusta cargar un bulto cuyo peso comparte con el pasajero que tiene al lado; cuando alguien tiene que bajar debe hacerlo con tres o cuatro acompañantes porque la salida del vehículo está bloqueado y como corolario, los coches que están detrás colocan la bocina en su mejor expresión; la mayoría de estos minibuses eliminaron las ventanas y cuando las hay, alguien las cierra porque tiene frío y como corolario, alguien que está apurado se sube al transporte alegando que hay una “espaldera”, donde puede acomodarse.
Un minibús Toyota Hiace con 70 mil kilómetros de recorrido se puede comprar hasta con 26 mil dólares; otro modelo 1996 que dice tener 83 mil kilómetros de recorrido cuesta 18 mil dólares, de manera que quienes disponen de ese monto ya pueden entrar al negocio y pagar ese derecho a un sindicato, probablemente 1.500 bolivianos. Pero hay minibuses al crédito al que se puede acceder con 7.000 bolivianos y que se puede pagar en 20 años, previamente hay que garantizar esta compra con algún bien inmueble.
Esta la razón por la que varios dirigentes, dueños de cuatro o cinco vehículos alquilan sus minibuses a choferes que deben entregar una renta diaria de 400 bolivianos. No parece un mal negocio en una sociedad donde faltan fuentes de trabajo.
¿Qué hacer en medio de esta telaraña? Prefiero que los lectores sugieran salidas para este pequeño monstruo que cada día crece más.
- ERNESTO MURILLO ESTRADA
- PERIODISTA, ACADÉMICO Y DOCENTE UNIVERSITARIO
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